
Suspendida, como en patines, el joven la vió aproximarse jalada por la correa de su nervioso y albino caniche. La sensación de rueditas en las plantas de los pies, no se debe a la toma que sus ojos han decretado. Es bella, y el carro romano que la transporta, la dirige con interrupciones, hacia un pino que se alza a pocos metros de donde él se encuentra.
Y en silencio, la observa. De la cintura para arriba, ella es pura actitud; sus hombros, erguidos y fuertes, sostienen la sensualidad de sus pechos con altivez. Se menean, y advierte así, su insistencia en ellos.
Lo que no comprende es el asunto de sus piernas…
No hay señales de traslado, ni pasos y mucho menos trote, tampoco ha dejado huellas que seguir. “¿Qué llevará en los pies?”, se pregunta, “¿Zapatillas o zapatos? ¿Tacos u ojotas?”, “¿Estará descalza?”.
Sin poder apreciar las rodillas y sus ancas, elucubra respecto de los detalles faltantes, “Por la altura, debe calzar treinta nueve o cuarenta, y debe venir descalza”, arriesga, imponiéndose de esta manera un estúpido consuelo.
Anónima y descalza, el verde impera con exageración en el atuendo de la dama que se acerca.
La parte inferior de su figura no lo decepciona, ya que, ahora perceptible, acompaña en sintonía la otra mitad superior. Curvas ágiles se filtran a trasluz de su larga falda, y efectivamente, sus pies están desnudos…
La lozanía de su porte desconcierta al joven observador. No solo su ropaje está cubierto de césped: Sus pies también se encuentran pintados de pasto, y el joven supone que una extensa caminata fue la que provocó aquel color en las uñas y en la piel de sus frágiles dedos. “Debe venir de lejos, por eso”
Para su sorpresa, la locura de tenerla cara a cara, le permite contemplar absorto, el verde que emboza el agraciado rostro de la muchacha. Las mejillas, los labios, hasta sus manos, en su totalidad, todo es verde delante de él…
Con insolencia y advirtiendo el asombro que el joven exhibe en su mirada, la mujer verde lo encara con decisión:
—Hola…—su voz es dulce, pero de una inocencia sospechosa. El joven, que en circunstancias lógicas se hubiera desenvuelto con galantería, sólo atina a devolver el saludo con un balbuceo.
—Hora…—sin evidenciar pánico, intenta inútilmente persistir con el diálogo iniciado, en búsqueda de una respuesta que lo convenza de algo—, pero…si estás toda verde…
La dama, con una sonrisa triste y acostumbrada, apoyó ambos dedos índices en sus pómulos de planta y con elocuencia le respondió:
—No, mirá. Son mis ojos ¿No ves?, tengo ojos verdes, por eso me ves así…
Su perro, inquieto, pero inadvertido ante la maravilla que lo tenía sujeto a la correa, tiró con fuerza de la misma, arrancando de raíz, a su dueña de la charla y de la presencia del joven, que vió como sus esperanzas trocaban en misterios, que deberán aguardar hasta el próximo milagro para ser revelados.
La dama del perro blanco.
Vomitado por
Vanidoso
4
Libro de Quejas.
Feliz Cumpleaños.

A pesar de sus pesares y arrebatos cerebrales, el Mele, recordó mi cumpleaños. Es que él no está bien, y su lucidez padece tratamientos de toda índole. Su memoria —o el fragmento que sobrevive de ella— dispara asociaciones y divagues desde hace un tiempo hasta entonces, de manera incomprensible, que poco tienen que ver, no sólo con el orden cronológico de los acontecimientos, sino con cualquier semejanza de lo que llamamos vida real. Delirios y alucinaciones que se han visto incrementadas a partir de una meningitis casi letal, que plagó de bacterias fulminantes su médula espinal.
Una noche, durante una de sus tantas internaciones, tras un brote esquizofrénico, intentó violar a Emilia, su hermana, confundiéndola, aparentemente, con la novia de un convicto narcotraficante, de la cual, y en cierta época, habría sido su amante. No logró su cometido, gracias a que dos gigantes de blanco, de los que transmiten calma a base de golpes y calmantes, intervinieron justo a tiempo para impedir la deseosa felación. Incesto, que mediante el uso de la fuerza, estaba dispuesto a concretar, disponiendo carnalmente de los labios jugosos de la buena de Emilia, transmutada por equivocación, en su ex amante narco.
Y aunque no sea con precisión, la proximidad en su recuerdo para con el día de mi nacimiento, me produjo la extraña inquietud de precisar agradecérselo…
Si mi mente funciona como la de el Mele, hoy, recuerdo que en su organismo mora, ya con cierta antigüedad, una hepatitis C mal curada, que, sumada a la madre moderna de todas las enfermedades, el HIV, hacían de mi amigo un “afortunado” sobreviviente de este premeditado y complejo sistema de virus instalados. Sólo le faltaba el cáncer…
Estaba junto a Dieguito, que al ver el saludo del Mele hacía mi persona, me brindó un fuerte abrazo, que retribuí con ganas, ya que considero a ambos, buena gente.
Dieguito también tiene SIDA, y lo lleva en la piel desde hace más de veinte años, y debo decir que no le va tan mal... Sigue consumiendo las sustancias de siempre, más todas las que se puedan llegar a imaginar, y emprende, junto a el Mele y otros enfermos de esos que solemos llamar, terminales —hasta con el suero colgando de un brazo han aparecido, es normal—, pequeñas sesiones de sexo y drogas, a las que, por razones obvias, se aconseja concurrir con sus respectivos preservativos y jeringas, y en ocasiones, hasta con armadura…
Hace poco tiempo, Dieguito contrajo una tuberculosis, enfermedad de comienzos del siglo pasado, una auténtica y verdadera locura, elementalmente provocada por todas las porquerías que se fuman en estos días. Poco más de cien kilos, entre dos hombres de metro ochenta, evidenciaba un deterioro lógico y causal en estos jóvenes que rondaban los cuarenta, debido a tanta peste junta contraída.
Y aquí están, si, ellos, que trasportan sus huesos al igual que lo hacemos nosotros, los que nos creemos sanos y libres, sólo porque un análisis nos ha dado negativo…
— ¿Hoy… es tu cumple…, Ramiro? —preguntó el Mele con voz lenta y espaciada, producto de las Rivotril que tomará de por vida, junto a otras nueve pastillas de efectos y colores diversos.
— No, hoy no es, es mañana — respondí sin intención de corregir.
— ¿No es… el cuatro… de octubre? —insistió el Mele, mientras Dieguito volvía abrazarme con lentitud similar al que pregunta, disculpándose por no haberlo recordado.
—Tenés tazón, es el cuatro, pero hoy es viernes tres, mañana es cuatro, sábado — contesté esta vez, con más datos, y ahora sí, corrigiendo a este personaje que parecía haber olvidado el suero, y no así la anestesia, luego de haberse fugado del hospital de infectología más cercano.
Fue entonces que Dieguito, metió su mano supurada en el bolsillo —cuando digo que lo llevaba en la piel, es literalmente— y cumplió una promesa por mí olvidada, de esas que se pronuncian en lugares y a horas donde nadie recuerda ni cumple nada: me entregó veinticinco Halopidol de diez miligramos, que según él, eran capaz de mandar a un elefante a dormir la siesta. Desde luego que acepté el presente, dado que en los lapsos más recientes de mi vida, en cualquier actividad social que emprendía, y sin exagerar la severidad de mí cuadro, me descubría, en ocasiones, entrando en pánico…
Agradecido y admirando sus persistentes y ejemplares resistencias, los despedí. Dos amigos, dos seres humanos, dos mártires más del genocidio que a todos nos ha salpicado con sus esquirlas, pero que a ellos alcanzó de lleno. Estaban justo allí, donde cayó la bomba… ¿Y vos dónde estabas?
Adentrada ya la noche, y a tan solo minutos de mi cumpleaños número treinta tres, llegué a casa y cerré la puerta dejando las llaves puestas, y cruzadas; saqué mis zapatillas con los pies sin desatar los cordones y en medias fui a musicalizar mi propia fiesta privada. Alice in Chain, en una versión de su Rooster Unplugged, comenzó a hacerme compañía en la lenta danza del desnudo.
Puntual y criminal, el reloj con sus cuatros ceros colorados titilando en el display del centro musical, anunció la finalización del tres, y el inicio del cuatro de octubre, y, cerrando esa línea temporal a la que llamamos año, comencé a transitar mi trigésimo cuarto período de existencia.
No hay torta ni velitas que soplar, sino deseos apagados por los vientos del fracaso, soplidos que reafirman presunciones macabras, barreras que demandan sangre y voluntad para ser quebradas. No hay globos, mucho menos sándwiches de miga, solo whisky, más nada sólido que ingerir. Pero si tengo un obsequio. Único y certero, que, anticipado accidentalmente, canceló un incumplimiento que resultaba no ser tal, y menos aún, recordado. Los comprimidos, el regalo que Dieguito, compañero fiel, no de batallas, sino de segundas y hasta terceras guerras mundiales, y cumplidor ocasional de promesas olvidadas, me había obsequiado.
Luego de vaciar el celofán de cigarrillos que albergaba los antimaníacos en una cazuelita donde habitualmente va el maní que acompaña la cerveza, hoy, devenida en whisky, sacudí la botella de JB dentro de un chop, que a temperatura ambiente y sucio, colaboraba con la farsa. La tradicional etiqueta amarilla de letras grandes y coloradas, penetraba el grueso vaso de vidrio, y se meneaba cabeza abajo dificultando su lectura. Ya al derecho, Justerini & Brooks le daban cuerpo y apellido a las iniciales legendarias.
El chop era Justerini, y la botella, Brooks, que derrotado, observaba desde su cristal de esperanza perdida, como mis labios comenzaron a alternar besos y maní, uno a uno, sorbo más pickles, cerveza y antidelirante, whisky con cumpleaños…Sorbo y pastilla, pastilla y sorbo, todo con el fin de preservar el equilibrio diluyente que se inclina entre el alcohol y los fármacos.
La calma comienza a sacudir, y en ese orden, mis latidos caen espaciados, lentos y forzosos, es el final de todos los vacíos existentes y lo mejor será ir a festejar a la cama…
Vomitado por
Vanidoso
3
Libro de Quejas.
Otro Paraíso...

Ella lee… Solitaria y en silencio...lee y repasa una y cien veces los escritos de su amado, el poeta.
Y desesperadamente se busca… intenta hallarse oculta detrás de algún triste verso, en alguna palabra aguda o grave, pero que la involucre. No sabe bien de que se trata, pero delira deseando encontrarse en aquella oración de puntos suspensivos…
Ama los puntos suspensivos y se flagela con cada uno de ellos…
La lectura se ve interrumpida por un punto y coma que desafiando a imposibles e inexistentes críticos de la ortografía y la gramática, le da la pausa justa y necesaria, una inflexión ante aquel arrebato que la invade, un impulso canalla que la toma y la satura perversamente, un sentimiento viejo y desconocido del que huye, para volver a evitar enfrentarlo…
Corre y nunca se aleja…
Tras el cristal de una primera lágrima, su mirada quiebra en los renglones de esos tiranos versos, y sueña inútilmente, que quizás ella sea la afortunada, o no, musa inspiradora de tan bella poesía.
El llanto no la confunde y cubre de un fugaz entendimiento el ensueño y la pesadilla que le toca estelarmente protagonizar, un espejo de crueles verdades que delatan lo que no nunca aceptará…
Se resiste, pero se rinde…
Murmullos que nadie oye, silenciosos gritos al oído, en noches plagadas de fatales secretos, noches de besos que cambian de sabor y de labios con suma facilidad.
Esta noche de poesía rompecorazones, de caricias que no fueron, de brisas húmedas y huracanadas que la hieren con despiadada indiferencia.
Vientos y caricias que nada más ayer, eran el pasaporte perfecto hacia la luna que en tantos poemas había robado, hacia aquel paraíso, que ahora, inalcanzable, la condena a buscar en otras letras lo que ella misma se encargó en hacer desaparecer.
En este cielo ella es la noche, pero lamentablemente este no es su paraíso…
Vomitado por
Vanidoso
19
Libro de Quejas.

